LAS RANAS Y EL HOYO
Cierto día un grupo de ranas saltaba por el bosque. De repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Las demás se juntaron alrededor del hoyo. Al ver lo profundo que era, llegaron a la conclusión de que no había modo de que se salvaran sus desdichadas compañeras.
—¡El hoyo es muy hondo! ¡De ahí no van a salir con vida! —les gritaron.
Las dos ranas no les hicieron caso a sus amigas, sino que comenzaron a saltar con todas sus fuerzas, tratando de salir del hoyo.
—¡Es inútil! ¡De ahí no saldrían ni con patas biónicas! —insistieron las otras.
Finalmente una de las ranas, extenuada y desmoralizada, le puso atención a lo que las demás le gritaban y se rindió. Fue tal su desgaste físico y mental que se desplomó y murió en el acto.
La otra rana siguió saltando con férrea determinación. Con cada nuevo salto que daba, decía:
—¡Sí se puede! ¡Sí se puede!
No obstante, desde muy arriba la multitud de ranas, frenéticas como los espectadores del circo romano, le gritaban:
—¡Deja de luchar! ¡Resígnate y muere!
Pero la rana repetía: «¡Sí se puede! ¡Sí se puede!» y saltaba cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo.
Viéndola agotada, pero sana y salva, las otras ranas le dijeron:
—¡Eres nuestra heroína! Esperamos que no tomes a mal que te hayamos desanimado tanto.
La rana les respondió:
—Háblenme más fuerte que no las oigo bien. Casi quedo sorda del golpe que sufrí al caer al fondo. Quiero darles las gracias a todas por animarme a que me esforzara más y a que no me diera por vencida. Si no hubiera sido por ese aliento que me dieron, de seguro habría quedado en el fondo para siempre, como nuestra pobre compañera.
