FUERTE Y PODEROSO COMPAÑERO
«Para mà —escribió Pablo Neruda en 1954— los libros fueron como la misma selva en que me perdÃa, en que continuaba perdiéndome. Eran otras flores deslumbradoras, otros altos follajes sombrÃos, misterioso silencio, sonidos celestiales, pero también la vida de los hombres más allá de los cerros, más allá de los helechos, más allá de la lluvia.
»Por ese tiempo —continúa narrando Neruda— llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos, y zapatos de tacón bajo.... Era la directora del liceo. VenÃa de nuestra ciudad austral, de las nieves de Magallanes.... La vi muy pocas veces, porque yo temÃa el contacto de los extraños a mi mundo.
»... tenÃa una sonrisa ancha y blanca en su rostro moreno por la sangre y la intemperie... sonrisa entre pÃcara y fraternal y... ojos que se fruncÃan picados por la nieve o la luz de la pampa.
»No me extrañó cuando de entre sus ropas sacerdotales sacaba libros que me entregaba y que fui devorando. Ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa que tanta influencia tuvieron sobre mÃ.
»Luego se vino al Norte. No la eché de menos porque ya tenÃa miles de compañeros, las vidas atormentadas de los libros. Ya sabÃa dónde buscarlos.»1
Ese amor a los libros del que habla el poeta chileno Pablo Neruda, que le inculcó aquella maestra de escuela a temprana edad en Temuco, culminó en 1971 cuando se le concedió el Premio Nobel de Literatura. Pero Neruda no fue el primer poeta chileno en obtener el ansiado premio; fue el segundo. Ya hacÃa un cuarto de siglo, en 1945, que habÃa obtenido el Premio Nobel su antigua mentora, que fuera por un tiempo directora de aquel liceo en Temuco, Gabriela Mistral.
A propósito del amor a los libros, Gabriela misma lo practicó a lo largo y ancho de su ilustre carrera literaria y diplomática. Pero hubo un libro en particular que mereció su más alto aprecio. En el año 1919 la Mistral le regaló un hermoso ejemplar de ese magistral libro, la Santa Biblia, al Liceo No. 6 de Santiago de Chile, donde ejerció como directora. En sus páginas dejó escrita esta confesión de fe, a modo de dedicatoria, respecto al Libro Sagrado: «Libro mÃo, en cualquier tiempo y en cualquier hora. Bueno y amigo para mi corazón, fuerte, poderoso, compañero. Tú me has enseñado la fuerte belleza y el sencillo candor, la verdad sencilla y terrible en breves cantos. Mis mejores compañeros no han sido gentes de mis tiempos; han sido los que tú me diste: David, Rut, Job, Raquel y MarÃa. Con los mÃos éstos son toda mi gente, los que rondan mi corazón y mis oraciones, los que me ayudan a amar y a bien padecer... viniste a mÃ, y yo... soy vuestra como uno de los que labraron, padecieron y vivieron vuestro tiempo y vuestra luz.»2
Asà como Pablo Neruda aprendió de Gabriela Mistral a buscar la grata compañÃa de los libros, aprendamos también nosotros de aquella poetisa de América a buscar la grata compañÃa del Libro por excelencia que ella tanto amaba. En cualquier tiempo y a cualquier hora, podemos acudir a él como fuerte y poderoso compañero.
