VALOR EDUCATIVO DEL AMOR
Cierto campesino, cuyo hijo de unos catorce años frecuentaba la escuela, recibió un día la visita del maestro, con el cual se desarrolló la siguiente conversación:
– ¿Está enfermo su hijo?
– No, ¿Por qué?
– No vino a la escuela hoy.
– ¿De veras?
– Ni ayer tampoco.
– ¿Será posible?
– Ni anteayer tampoco.
– Eso sí que es raro.
– Yo creía que estaba enfermo, y consideré que era mi deber informarme.
– Le agradezco mucho por haberme avisado Una vez que el maestro se hubo ausentado, el padre se puso a reflexionar. No tardó en abrirse la perta del jardín, y fue al encuentro del escolar culpable. Este comprendió inmediatamente, al mirar a su padre, que estaba al tanto de sus escapadas. Esta convicción se confirmó al oír esta invitación:
– Entra en mi escritorio, Felipe. Cuando el muchacho se hubo sentado, su padre le dijo:
– Tu maestro vino a decirme esta tarde que no estuviste en clases hoy, ni ayer ni el día anterior. Nos hiciste creer que asistías a las clases, Felipe. ¿Sabes que yo tenía confianza en ti y con frecuencia decía: “tengo completa confianza en mi hilo Felipe”? ¡Y he aquí que hace tres días que vives en la mentira!, ¿comprendes la pena que nos causas? Ambos se levantaron y con la emoción el padre continuó:
– Ya sabes, hijo mío, que una ley sagrada exige que el pecado sea siempre seguido de un castigo, de un padecimiento; esas son inseparables. Has cometido una falta, y a mí, como representante de Dios en la familia, me toca decidir el castigo que mereces. He aquí lo que vamos a hacer. Subirás al altillo, donde pondremos una cama. Allí se te servirá la comida a las horas regulares, y permanecerás encerrado tantos días como viviste en la mentira: tres días y tres noches.
Felipe guardó silencio. Subieron al altillo, se instaló la cama. El padre dio un beso a su hijo. Llegada la hora de la cena, el padre y la madre se sentaron a la mesa: pero en vano, pues el pensamiento del jovencito solitario les quitaba el apetito. Se sentaron en la sala para pasar allí la velada: el marido tomó el diario, la madre una labor. Pero él no logaba entender lo que leía ni ella enhebrar su aguja. No era sin duda culpa de sus lentes porque las letras no eran nítidas y el hilo se rompía. El reloj dio las nueve, luego las diez, la hora de ir a dormir.
– ¿No vas a acostarte?, preguntó la madre.
– No voy a ir en seguida. Pero será mejor que vayas tú.
– Yo también esperaré un poco. Dieron las once, luego la medianoche, antes que se decidieran a reposar. Pero no tenían sueño, uno y otro fingían dormir, sin engañar empero a su cónyuge. Fue al fin ella quien habló:
– ¿Por qué no duermes?
– ¿Cómo sabías que yo no dormía?, dijo él con una voz a la cual quería dar firmeza.
– y tú ¿Por qué no duermes?
– ¿Cómo podría dormir al pensar en nuestro hijo solo en el altillo?
– Me pasa a mí exactamente lo mismo. El reloj dio la una, las dos, pero el sueño no venía. Finalmente dijo el padre:
– No aguanto más: voy al altillo, a acostarme al lado de Felipe. Tomando su almohada, salió de la habitación en punta de pies, subió al altillo, abrió la puerta y se dirigió a la cama situada bajo la buhardilla. Percibió vagamente que el muchacho tenía los ojos abiertos y las mejillas afiebradas. Una vez el uno al lado del otro, bajo la sábana, abrazados, no tardaron en dormirse. A la noche siguiente el padre dijo a su esposa:
– Buenas noches, mamá, vuelvo a dormir al lado de Felipe. Lo mismo se repitió la tercera noche, tres noches seguidas sufrió el castigo con el culpable. No sorprenderá a nadie saber que este joven se enmendó completamente y finalmente abrazo la carrera misionera. ¿Podemos extrañarnos, después de esto, que Moisés haya dicho a su pueblo, en la llanura de Moab: “Jehová tu Dios te ha traído, como trae el hombre a su hijo”? No dudemos del valor educativo que tiene el amor paterno.
(Extracto de Nosotros y Nuestros hijos por el Dr. Raimundo Beach).
