SON TUS PERFUMENES
¿No te vas a bañar?, le recriminó la amiga, quien se tapaba la nariz, sin disimular su asco. No, dijo él, al tiempo que amagaba con darle un abrazo. Ante la amenaza, ella se escabullo como pudo y se dirigió a la cocina, para prepararse un café.
Sacó de la alacena el bote con café y le volvió a recriminar: ¿Cómo hacés para heder tanto? Se rascó un sobaco, dejando escapar un poco más de su mal olor, luego dirigió su mano a la nariz, respiró profundo y respondió: Nada.
—¿Cómo querés el café?
Con un dedo hurgando en su nariz, y con la otra mano rascándose la ingle, dijo: Fuerte.
Ella se asomó por el marco de la puerta de la cocina y lo sorprendió cuando estaba a punto de meterse la mano en el trasero, y le gritó:No te da asco estarte oliendo, apestás a desagüe.
Se rascó el otro sobaco, aspiró el olor y dijo: Más bien huelo a mí. Te podría describir mi olor como la mezcla del aroma de un viejo ron, con almizcles bien curtidos; y el sudor de dos días de sol, cuatro horas de camino en la montaña, seis horas en bus de segunda y una noche de desvelo, escribiendo y comiendo queso azul.
—En serio, ¿no te molesta heder tanto?
Él movió la cabeza de un lado a otro.
—No querés que venga ¿verdad?, sos tan desagradable.
En un descuido, la tomo de la mano y empezó, poco a poco, a olerla. Ella quiso retirarse de inmediato, pero él no la dejó, entonces se puso a forcejear, a gruñir y a insultarlo. En medio de los jaloneos, gritos, patadas, aruñones y sudores, él logró restregar su nariz contra sus firmes y morenos pechos; sintió un fresco olor a guayabas recién cortadas, mezclado con un leve aroma despedido por una brizna de sudor, provocado por el forcejeo; después de un momento de aspiración profunda la soltó. Ella, ofendida, a punto de la histeria, y con lágrimas en los ojos, le gritó: ¿Qué te pasa patán, mal oliente, miserable, violador? Él, bajando la cabeza, y con tono de disculpa, respondió: No pasa nada, nada, no te ofendás, solo necesitaba aspirar tu olor a tierra, a mujer de pasto, tu esencia de ser humano; porque no aguanto cuando entrás por esa puerta y siento tu fragancia a jabón, a perfume de pérgola de tienda cara, a mujer de revista.
Ella, en silencio, con los ojos inyectados de cólera, tomó la taza de café y se la tiró a la cabeza, luego gritó: Ahora olés a café capuchino, y se retiró, somatando la puerta.
Él gritó desde adentro: Que delicioso aroma a furia.
Patricio Suskinder
