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La Coctelera

MOMENTOS DE REFLEXION

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26 Julio 2011

EL CABALLERO SIN ESPADA

Lo único que tenía claro era que la primera parada

después de una jornada andando debía ser un mesón

donde comprar un caballo, una espada, comer y

descansar. Lo hallé a no más de dos leguas. Era este un

destartalado albergue, a medio camino entre el Los

Hinojosos y mi destino, el aún lejano Alcázar de San Juan,

construido en sólida roca, con una puerta en maderas

irreconocibles, la luz mortecina que salía del interior y el

olor a caza y solaz que la acompañaban, me despertaron

las ganas de entrar que la visión me negaba. Hubiera sido

un error hacerle caso a la vista, porque el interior era

limpio, en exceso. Una gran chimenea al fondo y unos

cuantos candiles eran la única luz que provocaba tan

agradable ambiente, sólo faltaba que tuvieran cuadras y

armería, para que mi paso estuviera marcado por la

fortuna total, y para mi suerte, así fue, aunque a medias.

Dos mujeres, una joven y otra más entrada en años, eran

las que servían y dirigían tan acogedor sitio, eso explicaba

la exagerada limpieza, el ambiente recogido y casi

hogareño del sitio. Sonrientes, se acercaron a mí, me

ofrecieron comida y posada, acepté encantado.

—Hermoso y agradable lugar. —comenté

—Lo dirige mi jefa, se quedó viuda no hace

demasiado. —la muchacha limpiaba la mesa mientras me

hablaba.

Nadie más, salvo un mocetón que tenían al cuidado y

que no hablaba ni dirigía mirada alguna, o al menos, mirada

reconocible de persona cuerda.

—Es nuestro guardia, no habla y está un poco... ya

sabe, pero es fuerte y obediente, cuida de los pocos

indeseables que entran. —me comentó la joven al ver que

miraba al muchacho.


—Necesito comprar un caballo y armas, voy de largo

viaje y aunque no sé usar el arma, nunca está de más no

andar descuidado.

La muchacha sonrió, no le pareció propio que un

hombre aceptara no saber.

—No tenemos cuadras, pero quizá mi jefa pueda

ayudarle y usted a ella. —marchó tras servirme vino en un

vaso, que limpió sobre limpio con su delantal.

Miré el local, debió construirse hace tiempo y a

conciencia, suelos y paredes de granito gris, sobre la

chimenea, un escudo cruzado con dos espadas, el techo,

sólido, de maderas y trenzado, al lado de la chimenea una

puerta que a buen seguro conducía a la cocina. A la

derecha, como una barra de madera ubicada sobre dos

toneles de vino y estantes con jarras y vasos, el mocetón

sentado y mirándome con el distraimiento típico que sólo

da la carencia de entendimiento. A la izquierda, una

escalera con balaustra de madera, ya casi podrida, me da

la impresión que por exceso de agua y jabón, conducía a

un pasillo superior con tres puertas, a buen seguro

habitaciones, decidí en ese momento pasar allí la noche.

—¿Más vino caballero?

La joven tan amplia de sonrisa y atributos, como corta

de virtudes y recato, me guiñó un ojo, después se volvió

danzarina y apareció la mayor con un estofado de carne.

—Aquí en el Toboso todos la llaman Ana, sin ser su

verdadero nombre, un delgado y espigado hombre,

llamado Don Alonso a fuerza de cientos de misivas


comenzadas con “Mi Dulce Ana…” se empeñó en

simplificar y decirle Dulcinea, y así se le quedó. Ya no le

escribe, un buen día apareció el bajito y regordete de

su escudero, diciendo que dejó las andanzas y partió

hacia Lepanto.

Comencé a comer con gusto y la llamada Ana o

Dulcinea se sentó a mi lado, se había soltado el cabello

y lo había cepillado, tenía los ojos negros como

azabache, igual que el pelo, cruzó los brazos bajo los

pechos y se dedicó a mirarme mientras comía.

Curiosamente no sentí reparo, es más, me sentí bien con

su compañía, tanto es así que fui a limpiarme con la

manga, como era costumbre en mí. Ella, adivinándolo,

se levantó solícita y me limpio con su delantal. Olía a

canela, especias y jabón.

—¿Puedo pasar aquí la noche? —pregunté

—Claro que podemos —contestó ella acercándose

a mí y susurrándome algo al oído.

Más que entender lo que me dijo, lo supuse, porque

su viento suave me arrebató de tal manera, que perdí el

hambre por el estofado y casi por la vida.

—¿No quieres más carne? —preguntó

—De esa no —le dije

Sonrió con picardía y me acarició la mejilla, un

estremecimiento me recorrió la espalda. Miré alrededor,

por si aparecía la dueña o por si el tonto espabilaba,

pero el local estaba vacío y en silencio. Ella se levantó

y comenzó a apagar los candiles.

—Te enseñaré la habitación —y comenzó a subir las

escaleras delante de mí. Me pareció el baile de caderas


más hermoso que nunca soñé. Abrió la puerta y me

invitó a entrar, al volverme, estaba cerrando por dentro.

Cuando me despedí por la mañana, limpiaba mesas,

creí leer en sus ojos una cierta tristeza, aunque su boca

sonreía.

Ahora que mi viaje se acaba, comprendo al tal Don

Alonso, su turbación y desasosiego.

Algún día volveré a por ella, mientras tanto, yo

también le escribo casi a diario y también le digo:

“Mi dulce Ana:

No canta la alondra, mi amor,

Se confundió de ventana,

Se acercó a la florida, de nardos, lirios y palmas,

Mas no era esa, mi amor y la alondra callaba,

Ruiseñores le enseñan a coro de errores,

¿Dónde estás? ¿En qué reja? ¿A cuál llama?,

Asoma mi vida, asoma, que la alondra no canta”


Pedro Cuéllar Llanos

Escritor de relatos y artículos nacido

en Villafranca de los Barros (Badajoz).

Ha sido galardonado en numerosos

certámenes literarios, escribe de

forma esporádica en revistas

digitales y comunidades literarias de

España y Latinoamérica, y ha

publicado las novelas La Sal del mar

y Lobo "el gitano".

servido por job354 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Hoteles Santa Marta 

Hoteles Santa Marta  dijo

Excelente articulo, me ha encantado visitar tu blog, pues logras ver las cosas de manera diferente, desde una perspectiva más haya de la realidad.

5 Septiembre 2011 | 11:05 PM

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