EL CABALLERO SIN ESPADA
Lo único que tenía claro era que la primera parada
después de una jornada andando debía ser un mesón
donde comprar un caballo, una espada, comer y
descansar. Lo hallé a no más de dos leguas. Era este un
destartalado albergue, a medio camino entre el Los
Hinojosos y mi destino, el aún lejano Alcázar de San Juan,
construido en sólida roca, con una puerta en maderas
irreconocibles, la luz mortecina que salía del interior y el
olor a caza y solaz que la acompañaban, me despertaron
las ganas de entrar que la visión me negaba. Hubiera sido
un error hacerle caso a la vista, porque el interior era
limpio, en exceso. Una gran chimenea al fondo y unos
cuantos candiles eran la única luz que provocaba tan
agradable ambiente, sólo faltaba que tuvieran cuadras y
armería, para que mi paso estuviera marcado por la
fortuna total, y para mi suerte, así fue, aunque a medias.
Dos mujeres, una joven y otra más entrada en años, eran
las que servían y dirigían tan acogedor sitio, eso explicaba
la exagerada limpieza, el ambiente recogido y casi
hogareño del sitio. Sonrientes, se acercaron a mí, me
ofrecieron comida y posada, acepté encantado.
—Hermoso y agradable lugar. —comenté
—Lo dirige mi jefa, se quedó viuda no hace
demasiado. —la muchacha limpiaba la mesa mientras me
hablaba.
Nadie más, salvo un mocetón que tenían al cuidado y
que no hablaba ni dirigía mirada alguna, o al menos, mirada
reconocible de persona cuerda.
—Es nuestro guardia, no habla y está un poco... ya
sabe, pero es fuerte y obediente, cuida de los pocos
indeseables que entran. —me comentó la joven al ver que
miraba al muchacho.
—Necesito comprar un caballo y armas, voy de largo
viaje y aunque no sé usar el arma, nunca está de más no
andar descuidado.
La muchacha sonrió, no le pareció propio que un
hombre aceptara no saber.
—No tenemos cuadras, pero quizá mi jefa pueda
ayudarle y usted a ella. —marchó tras servirme vino en un
vaso, que limpió sobre limpio con su delantal.
Miré el local, debió construirse hace tiempo y a
conciencia, suelos y paredes de granito gris, sobre la
chimenea, un escudo cruzado con dos espadas, el techo,
sólido, de maderas y trenzado, al lado de la chimenea una
puerta que a buen seguro conducía a la cocina. A la
derecha, como una barra de madera ubicada sobre dos
toneles de vino y estantes con jarras y vasos, el mocetón
sentado y mirándome con el distraimiento típico que sólo
da la carencia de entendimiento. A la izquierda, una
escalera con balaustra de madera, ya casi podrida, me da
la impresión que por exceso de agua y jabón, conducía a
un pasillo superior con tres puertas, a buen seguro
habitaciones, decidí en ese momento pasar allí la noche.
—¿Más vino caballero?
La joven tan amplia de sonrisa y atributos, como corta
de virtudes y recato, me guiñó un ojo, después se volvió
danzarina y apareció la mayor con un estofado de carne.
—Aquí en el Toboso todos la llaman Ana, sin ser su
verdadero nombre, un delgado y espigado hombre,
llamado Don Alonso a fuerza de cientos de misivas
comenzadas con “Mi Dulce Ana…” se empeñó en
simplificar y decirle Dulcinea, y así se le quedó. Ya no le
escribe, un buen día apareció el bajito y regordete de
su escudero, diciendo que dejó las andanzas y partió
hacia Lepanto.
Comencé a comer con gusto y la llamada Ana o
Dulcinea se sentó a mi lado, se había soltado el cabello
y lo había cepillado, tenía los ojos negros como
azabache, igual que el pelo, cruzó los brazos bajo los
pechos y se dedicó a mirarme mientras comía.
Curiosamente no sentí reparo, es más, me sentí bien con
su compañía, tanto es así que fui a limpiarme con la
manga, como era costumbre en mí. Ella, adivinándolo,
se levantó solícita y me limpio con su delantal. Olía a
canela, especias y jabón.
—¿Puedo pasar aquí la noche? —pregunté
—Claro que podemos —contestó ella acercándose
a mí y susurrándome algo al oído.
Más que entender lo que me dijo, lo supuse, porque
su viento suave me arrebató de tal manera, que perdí el
hambre por el estofado y casi por la vida.
—¿No quieres más carne? —preguntó
—De esa no —le dije
Sonrió con picardía y me acarició la mejilla, un
estremecimiento me recorrió la espalda. Miré alrededor,
por si aparecía la dueña o por si el tonto espabilaba,
pero el local estaba vacío y en silencio. Ella se levantó
y comenzó a apagar los candiles.
—Te enseñaré la habitación —y comenzó a subir las
escaleras delante de mí. Me pareció el baile de caderas
más hermoso que nunca soñé. Abrió la puerta y me
invitó a entrar, al volverme, estaba cerrando por dentro.
Cuando me despedí por la mañana, limpiaba mesas,
creí leer en sus ojos una cierta tristeza, aunque su boca
sonreía.
Ahora que mi viaje se acaba, comprendo al tal Don
Alonso, su turbación y desasosiego.
Algún día volveré a por ella, mientras tanto, yo
también le escribo casi a diario y también le digo:
“Mi dulce Ana:
No canta la alondra, mi amor,
Se confundió de ventana,
Se acercó a la florida, de nardos, lirios y palmas,
Mas no era esa, mi amor y la alondra callaba,
Ruiseñores le enseñan a coro de errores,
¿Dónde estás? ¿En qué reja? ¿A cuál llama?,
Asoma mi vida, asoma, que la alondra no canta”
Pedro Cuéllar Llanos
Escritor de relatos y artículos nacido
en Villafranca de los Barros (Badajoz).
Ha sido galardonado en numerosos
certámenes literarios, escribe de
forma esporádica en revistas
digitales y comunidades literarias de
España y Latinoamérica, y ha
publicado las novelas La Sal del mar
y Lobo "el gitano".

Hoteles Santa Marta dijo
Excelente articulo, me ha encantado visitar tu blog, pues logras ver las cosas de manera diferente, desde una perspectiva más haya de la realidad.
5 Septiembre 2011 | 11:05 PM